Enciendo la radio y escucho una de esas canciones ñoñas y pastosas que me encantan, una de esas que parecen estar hablándote susurrando, como quien cuenta una nana con el propósito de verte dormir. Y entonces, suena un tema de Coti y una de las frases me atrapa: “Fabriqué un millón de ilusiones”; sí, eso hice yo hace un año cuando me dijeron la nota de selectividad, y recuerdo una lejana felicidad que en estos minutos se escurre entre mis manos, supongo que eso se debe a que no he vuelto a experimentar algo así durante todo este tiempo, y por ello me arrepiento de haberme creado unas expectativas que al final han ido cayendo, una a una hasta no quedar nada de lo que un día fue. Si total, ¿qué quería yo? No lo sé, pero desde luego, no esperaba esta mierda de año. Septiembre fue mi perdición y a partir de ahí todo iba careciendo de sentido, de hecho, aún no lo he encontrado, aunque, a lo mejor, si en octubre me dijeran que esta pesadilla terminó al fin, abriría una botella de champán en lo alto de la torre Eiffel.
Sigo buscando la salida de emergencia de este agujero negro que poco a poco parece estar ahogándome junto con los recuerdos de las cartas, aquellas cuya tinta se va corriendo sin dejar nada de lo que fueron aquellos tiempos en los que quisimos definir la felicidad con un par de sonrisas.