Cuando vas en el metro lo único que deseas es llegar al destino lo más pronto posible, o como poco, encontrar un sitio, sentarte y evadir la mirada durante todo el recorrido mientras de forma disimulada, la gente se fija en tus zapatos, tu pelo, el color de los ojos… lo que yo llamo: un escáner. Lo cierto es que no me importa que lo hagan, ni siquiera le molesta a Esperanza, quien hoy iba conmigo. Apenas cruzamos palabra durante el viaje a casa. Estaba tocada –por suerte, aún no hundida–. Sobre todo, la noté cansada. Su mirada se cerraba y abría de forma involuntaria. Las personas clavaban la vista en ella. Seguro que rumiaban: «pobrecilla». Yo lo pensaba, pero lo pensaba porque sabía por lo que estaba pasando por aquel entonces, a mediados de noviembre. Y ahora, en marzo, nada se reduce, todo avanza, todo se complica.
La pesadilla de Esperanza comenzó cuando llegó la hora de enfrentarse a un nuevo año académico. Al principio, solo tuvo cabida la ilusión; pero toda ilusión acaba siendo alcanzada por las decepciones. Un claro ejemplo era el horario, un horario basura, decía ella a causa de tener que comer fuera todos los días. Sola –porque yo iba a otra facultad–. Esto era lo “menos malo” que podía ocurrirle. Conforme transcurría el tiempo, la madre de Esperanza se iba encontrando peor: incapaz de subir la escalera de un edificio sin sentirse plenamente agotada.
Despejo el mechón cobrizo que se ha colado en mi campo de visión, lo paso por detrás de la oreja, y entonces, al fijar mi mirada en la puerta que tenía ante mis ojos: la entrada principal de la biblioteca, me viene a la mente un recuerdo amargo del mes de noviembre, uno de esos que desearías borrar con miles de comas etílicos en plenas fallas.
» Esperanza llegó a mí. La vi decaída por la manera en que se deshizo de su mochila. La dejó en el suelo, y al lado de esta, se sentó ella. Apoyó la cabeza en la pared. De repente, el tiempo se detuvo. En ese instante, lo único que importaba eran los ojos pardos de Esperanza, provocadores de una tormenta torrencial que se ahogaba en pequeños gemidos retenidos por su garganta. Yo, incrédula al no saber qué demonios pasaba, me senté a su lado. Entonces, me dijo: «Joder, no quiero volver a esto. La culpa es mía por no tomarle en serio, por pensar que nunca fue nada importante. »
Dejé que se calmara. Ni siquiera tuve el valor de decirle algo que la ayudara, porque en ese momento, no creí que ninguna frase estuviese a la altura de lo deshecha que se sentía ella.
Tras un largo rato, le pedí que fuésemos a dar una vuelta por el jardín que envuelve a la biblioteca. Accedió a mi propuesta, aunque durante el recorrido, no quiso hablar. Miraba a lo lejos, evadiéndose del mundo –como siempre hace–, guardándoselo todo para ella. Yo, que soy un libro abierto, me molesta bastante su inexpresión, porque sé que en el fondo, se muere por romper las barreras de su interior y poder gritar al séptimo cielo lo que siente. Pero no lo hace.
Al fin, su voz quebradiza tomó el rumbo.
-Le han hecho un TAC.
Yo alcé las cejas, incomprensiva.
-Me ha dicho mi padre que es algo malo, algo que está relacionado con unas pruebas cuyos resultados no se obtendrán hasta dentro de un mes.
-¡¿Un mes?! –vociferé, sorprendida.
Ella asintió.
-Desde el primer momento pensé que era algo malo, ¿pero tan malo? ¿Por qué?
-No tiene por qué serlo –dije.
-¿Y si lo es, A?
Cuando más me necesitaba, decía A, pronunciaba mi nombre como un SOS.
La paralicé en medio de la acera.
-Mira, no puedes ponerte en lo peor. Es a ella a quien le están haciendo pruebas, no a ti. Así que no, no puedes derrumbarte. Te necesita, nos necesita.
Por una vez, solté las palabras en el momento justo.