Hace un año

Hace un año que escribí esta carta para ti y, en todo este tiempo, me he dado cuenta de muchas cosas. Todo ha cambiado y ya comprendí.

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Hace un año cuando te fuiste me quedé totalmente liberada. Eras una carga para mí. Es duro, pero era así. Hasta que no ha pasado el año con tus señales y haciéndome comprender -aunque me tomen por loca y no se lo crea nadie- no me he dado cuenta que, donde estás, ya no eres la que eras, ya evolucionaste y te amo. Ahora puedo contar contigo. Pero esto lo contaremos en otro post.

Hace un año

Hace un año escribí esta carta en el día de la madre: Ahora te toca a ti mamá; desde luego, no fuiste una madre “al uso”; tú fuiste diferente. Cuando era pequeña me decías que era tu “monito”. Es verdad, hacías conmigo lo que querías: lo mismo me abrazabas hasta estrujarme que me decías que no me querías porque era mala, que no me portaba bien y, entonces, dejabas de hablarme y atenderme un par de días para castigarme en los que yo me veía perdida, triste y asustada. Hace poco que te has ido: el día 22 de abril a las 14:40 y lo que acabo de escribir no es un reproche, -ni mucho menos- solo que necesito decirlo y desahogarme. Ahora, donde estás -si es cierto todo lo que he estudiado y leído sobre la muerte y lo que pasa en el otro lado- te estarás dando cuenta de la verdad absoluta y no de lo que tu mente te hizo vivir. Ahora, una vez que han pasado estos días de lío, de subida de adrenalina, de atontamiento por la situación…

Ahora, como digo, he aterrizado y reflexionado mucho -sabes que me gusta reflexionarlo  todo y buscar explicaciones- y siento pena por ti. Sé que me querías con locura pero era un amor tan agobiante, posesivo y controlador que no pudimos disfrutarlo, ni tú ni yo. Eras una mujer con una imaginación desbordante, con muchísimos dones, con un corazón grande, y todo eso lo podrías haber utilizado en tu beneficio y en el de los que te rodeábamos. Tu mente y actitud te jugaron una mala pasada. Siempre imaginabas todo lo malo que podría pasar. Ahí estaba tu vida, en la catástrofe futura o en el pasado doloroso, los recuerdos, el rencor, tus dolores, tus enfermedades, tu mal humor, el cómo llamar la atención. No fuiste feliz, no supiste vivir, mamá. Lo bueno de la vida está en las cosas sencillas. Hay que centrarse en lo que tienes y no en lo que te falta. Sí mamá, así era tu vida. Ahora te habrás dado cuenta que, en efecto, eras una víctima, pero no de los que te rodeábamos ni tampoco de la vida, sino de ti misma. Exigías cariño pero eso no se puede exigir. El cariño se da libremente. A las personas se les quiere porque se hacen querer, por lo que son y tal y como son, sin condiciones. Las personas tenemos que cambiar por nosotras mismas. Tú no puedes hacer cambiar a nadie –eso tampoco se exige-, les puedes ayudar, solamente, si te piden ayuda. Tú decías que yo era tuya, que era una extensión de ti misma y que siempre estaríamos unidas por el cordón umbilical; ahora también te habrás dado cuenta que los hijos no nos pertenecen, que somos solo un canal para que otra alma venga al mundo, que tenemos la responsabilidad de darles amor, educación, alimento, cobijo, consejo… y libertad como individuo para que se desarrolle sanamente -aunque siempre le tengamos puesto un ojo encima por si acaso- Esa es la labor de una madre: guiar a sus hijos hacia una vida plena y sana y dejarlos volar cuando estén preparados, que vivan sus propias experiencias, que se equivoquen, que triunfen. Eso es la vida. Así se aprende, mamá, así es como se desarrolla una persona. Se caerá muchas veces y luego se levantará y ahí estarás tú para apoyarlo. Pero no los puedes tener siempre bajo tus faldas aunque sufras cuando ellos sufren y te alegres cuando les salen bien las cosas. A pesar de todo eres mi madre, aunque ya no estés aquí, y una madre es una madre por mucha guerra que dieras. Hay veces que voy a contarte algo y me acuerdo que no estás, o me hago un te por la tarde y recuerdo cuando lo hacía para las dos; son cosas que aún me pasarán durante un tiempo. El despiste que tengo, el desconcierto lógico del momento, el no poder normalizar mi vida aún, sí, es posible que te eche de menos después de todo. Los últimos días de tu vida en el hospital fueron muy gratificantes para mí y, supongo, que para ti ;cogerte la mano me daba paz y esa sensación de complicidad y unión tan fuerte, contigo, en tus últimos momentos, la he sentido pocas veces. Por eso no lo voy a olvidar. Los últimos 4 meses que estuviste conmigo en casa fueron malos para todos: tú te quejabas porque tu vida había cambiado. Pero no solo cambió la tuya, también la mía y la de mis hijos, fueron unos meses malos para todos. Reconozco que yo estaba nerviosa, con ansiedad, no sabía a qué acudir. Pero, por otro lado, me sentí libre porque me di cuenta que ya no tenías poder sobre mí aunque tú quisieras seguir ejerciéndolo. Fueron un cúmulo de emociones difíciles de entender y llevar. Si te ofendí o te hice daño, que sepas que fue sin querer y te pido perdón. Yo te he perdonado y ya te habrás dado cuenta por qué; pero ni eso ni nada tiene  importancia para mí. No tengo rencor, no tengo rabia, no tengo tristeza… Me quedo con la paz, la compasión, la comprensión y la unión que tuvimos en tu despedida. Solo me quedo con eso. Lo demás se ha esfumado y, a mi manera, te quiero.

Esto fue hace un año. Ahora todo cambió e intentaré compartirlo aunque me creáis que estoy como una cabra -que un poco también-.

Gracias por entrar. Por favor dad a BUZZ.

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